sábado, 23 de abril de 2011

Independiente ganaba cómodo 2-0 un partido clave por los promedios, pero descontó Ereros y lo empató Gigliotti, todo en apenas cuatro minutos.


All Boys le dio otro golpe al Rojo después de la derrota en el clásico. Hubo calentura al final.

El golpe al mentón que le propinó Racing, un baile futbolístico que apenas tuvo un reflejo de 2-0 en el resultado, le dio a Independiente su mejor lección: una dosis de realidad pura, un baño del contexto en el que se encontraba, la comprensión y mentalización de que está peleando por esquivarle a esa tablita que quema. Réplica exacta de lo que pregona Juan José López y que ve a su River zafando abajo y coqueteando bien arriba. Sin embargo, dicen, algunas cosas nunca cambian.

Ante All Boys, el Rojo arrancó siendo otro. Un equipo consciente -a la vista por su juego, su presión, su orden y su concentración- de que la página, de una vez por todas, debía darse vuelta. Por eso hizo un primer tiempo con el inodoro en el baño y la mesa en la cocina. Con Roberto Battión volviendo a ser ese cinco clave en la obtención de la Sudamericana tras perder el puesto con Cristian Pellerano, un tapón más luchador que armador que faltó a la cita, justamente, por haber llegado a las cinco amarillas.

Independiente dio muestras vivas de que puede. Partió desde la recuperación de Eduardo Tuzzio, el abastecimiento de Battión y los flashes de Patricio Rodríguez y Leandro Gracián. Así, fue el Rojo quien arrinconó a su rival y no éste un equipo especulador que decidió plantársele cerca del área de Nicolás Cambiasso. Así, también, el Tano tocó para Facundo Parra, éste esquivó al arquero y definió incómodo. Carlos Soto pudo sacarla en la línea, pero el árbitro la vio entrar por completo y 1-0.

El anticipo de Battión en el primer palo hizo pensar que no había vuelta atrás, que la fragilidad anímica no volvería a aparecer. Pero Fabián Assmann salió mal, Sebastián Ereros –carta clave- empató y fue el Albo quien más creyó. Independiente se vio aglutinado, una masa de camisetas azules sin esa orientación que lo había llevado a ser el mejor de los dos. La palomita de Emanuel Gigliotti terminó por dar una patada al hígado al equipo de Antonio Mohamed. Otra lección. Si las aprende, quizá encuentre el rumbo.

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